A Ras de Cancha
Hay fantasmas que no siempre se revelan en
sótanos o lugares enmohecidos o solitarios, fantasmas que se han ocultado
durante años en lo más profundo de nuestro ser.
Fantasmas que de alguna u otra
manera, desde el fondo de su escondite, influyen en nuestros hábitos, gustos o
costumbres. Y se revelan un buen día, como una fuga de gas que de repente
encuentra una pequeña chispa y uno puede ver – o sentir- como se convierte en
flama, en incendio revelador, en fuego purificador que carboniza todo a su
paso.
Fuego, fuego al que se le atribuyen
propiedades civilizatorias, llamas que envuelven, que devoran, que matan, que
develan traumas olvidados o escondidos en pequeños cajones cerrados con llaves
diminutas y extraviadas.
Fuego, fantasmas, traumas.
Me encuentro de pie, a ras de cancha,
me detengo más por el chisme que por el futbol que ahí se desarrolla, es un encuentro
entre áreas, un torneo como tantos otros que se organizan en tantas partes de
nuestro bendito y futbolero país.
Debo confesar que el futbol nunca
ha sido lo mío, no sé jugarlo- aún en su primitiva singularidad y sencillez- no
me gusta su falta de seriedad, el agandalle del desplazamiento, de la malicia
en la búsqueda de la rodilla o espinilla ajena, el drama por un resbalón propio
de quien corre en pasto húmedo, la barbarie hecha “barra” el insulto soez y
anónimo, la “Chelosis aguda” de la tribuna, en fin, no es lo mío y sin embargo,
esa tarde ahí estaba yo, parado a ras de cancha platicando de otros temas con
un compañero.
De pronto mi compañero y amigo recibe una llamada en su inseparable celular, se despide de mi y echa a correr por que algo le urgía a su jefe.
En ese momento escucho a lo lejos el griterío soez de la improvisada “porra”, el bullicio lejano, los silbidos rememorantes de la maternidad ajena, algo en mí mente se destapa, ahí estoy yo a ras de cancha, soy un niño de 7 años, mi padre me tiene de la mano y estamos viendo un partido en una cancha semi-árida con un sol que quema mi pequeña frente, se enfrenta el equipo de la crujía “A” contra los de la “C en un partido que más parece bronca callejera que evento deportivo.
Un balonazo pasa cerca de nosotros,
el árbitro decide que es momento de terminar el encuentro y como agradecimiento
recibe el descontón del capitán de la “A” seguido de patadas y jalones que lo
tiran al piso a escasos metros de donde estamos nosotros parados. Su rostro sangra,
su uniforme negro está lleno de tierra y sangre, roto en jirones que de ninguna
manera podrán ser una sola pieza de nuevo.
Entran los celadores y policías
antimotines a controlar la trifulca, mi padre me carga, camina tranquilo,
parece un Rey, a su paso, los policías antimotines se abren y lo dejan pasar
sin siquiera molestarlo.
Me devuelve a los brazos de mi
madre mientras los celadores gritan a todo pulmón: ¡¡Se acabó la visitaaaaa!!
La gente se alborota, comienza a
salir no obstante que aún faltan dos horas para terminar la tan esperada visita,
los guardias se ponen nerviosos, comienzan a empujar a las personas, alguien
recibe un macanazo en la cabeza, sangra, se coloca un pañuelo para contener la
pequeña hemorragia.
Eso hace que la gente se controle
un poco y fluya hacia la salida, caminamos hacia la reja, por alguna razón a
nosotros no nos empujan, mas bien nos abren paso, mi madre con paso firme,
majestuosa se detiene en la puerta y voltea hacia donde mi papá agita la mano
para despedirnos, seguro de que el próximo domingo estaremos ahí nuevamente a
ras de cancha para ver otro “amistoso”, agito mi pequeño brazo para decirle
adiós a papá, mis ojos lloran, no sé si por el susto o por la nostalgia de no
ver a Don Chente otra semana más.
Lo dicho, hay fantasmas que nos
revelan cosas, sin terapias, sin psicólogos, a plena luz del día encontramos la
causa de nuestras aversiones de una manera tardía pero fácil, así sin más…. a ras
de cancha.
Alfredo “Freddy” Reyes
Septiembre 30, 2026.
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